Es una de las carnes más consumidas. Es bien tolerada cuando hay trastornos gástricos o intestinales por la característica de sus fibras musculares, lo que resulta un alimento interesante y adecuado en diferentes enfermedades.
No
contiene hidratos de carbono y la cantidad de grasa varía de acuerdo con la
parte consumida del animal. La pechuga sin piel es la que contiene menos grasa y
colesterol. Las partes de carne menos blanca, como el muslo y la pata, contienen
el doble de grasa que la pechuga.
Por otro
lado el contenido de hierro es menor que en el de la carne vacuna, lo que no
significa que el consumo de pollo no sea útil para las dietas de personas
anémicas, embarazadas o en período de lactancia. El calcio, fósforo y sodio
se encuentran en baja proporción. En cuanto a las vitaminas es una buena fuente
de ácido fólico, que interviene en la formación de glóbulos rojos junto con
el hierro y la vitamina B12. También su consumo cumple con la función de
formar tejidos
nuevos y reparar los que se desgastan.
Se debe
evitar el consumo exagerado en caso de gota y trastornos articulares por su alto
porcentaje de purinas.
Si bien es una carne muy recomendada para distintas enfermedades, no se olvide
de sacarle la piel antes de cocinarla si su problema es el colesterol alto en
sangre. Si la cocción se realiza con la piel, la grasa de la misma se impregna
en la carne del pollo. También hay que recordar que el pollo es muy vulnerable
a la descomposición bacteriana cuando la cadena de frío se altera o se corta.
Hay que tener cuidado cuando se compre este alimento, y deberá tenerlo muy en
cuenta. Muchas veces es el causal de muchas toxiinfecciones alimentarias, cuando
no se toman los recaudos adecuados.